Silvio Torres-Saillant: “Me atemorizan los planes de Leonel Fernández para con la diáspora”
19 de mayo de 2015 - 7:00 am
http://acento.com.do/2015/actualidad/8250040-silvio-torres-saillant-me-atemorizan-los-planes-de-leonel-fernandez-para-con-la-diaspora/
Temo que esa injerencia distraiga a nuestra
gente de la política étnica que se supone debemos llevar a cabo en los
lugares donde estemos asentados como diáspora. Pienso que no conviene a
nuestra emigración aliarse con el mismo régimen que nos expulsó.

SANTO DOMINGO, República
Dominicana.- Silvio Torres-Saillant, intelectual dominicano establecido
en los Estados Unidos, expresó que detrás del antihaitianismo en la
República Dominicana se oculta la negrofobia, que es un rechazo cultural
que viene desde muy lejos contra los negros en la cultura dominicana.
En una entrevista con Elena Oliva, de la
Universidad de Chile, aparecida en la revista Meridional, sobre estudios
latinoamericanos, Torres-Saillant se expresa sobre diversos topicos
poco tratados por los intelectuales dominicanos en el debate sobre la
identidad.
Acento reproduce la tercera parte de la entrevista.
MERIDIONAL Revista Chilena de Estudios Latinoamericanos
Número 4, abril 2015, 199-226
Detrás del antihaitianismo se oculta la negrofobia: conversación con el intelectual Silvio Torres-Saillant en Santiago de Chile
Tercera parte
EO: ¿Y qué hacer con respecto al antihaitianismo desde la intelectualidad?
ST-S: Historiar la construcción de esa
alteridad radical superpuesta sobre la humanidad de nuestros vecinos al
otro lado de la isla, la cual se extiende a compatriotas de herencia
haitiana. Eso tendría una gran utilidad para cualquier proyecto
encaminado a estimular la conciencia ciudadana, fomentar la convivencia
entre los dos pueblos que comparten la isla y tratar a los compatriotas
de herencia haitiana con el nivel de igualdad, justicia, respeto e
inclusión digna que le debemos a todos los sectores socialmente
diferenciados de la población. Cuando la prensa y los políticos en la
sociedad dominicana se refieren a “los haitianos” no distinguen entre
dominicanos de ascendencia haitiana e inmigrantes laborales de los que
vienen con regularidad desde Haití, que es un país extranjero. Los
juntan en el mismo lote como si fueran la misma cosa. Eso es como si
pusiéramos en el mismo saco a los miembros de la familia Vicini que
llegaron a la Republica Dominicana en el siglo XIX y los miembros de la
familia de Silvio Berlusconi, llamándoles a todos “los italianos”. En
otras palabras, predomina un discurso que condena a los dominicanos de
herencia haitiana a la extranjeridad permanente. Ello se lo debemos a la
perversidad trujillista y su extensión balaguerista, con el aporte de
sus aliados liberales que comenzaron a gobernar a partir del 1978 sin
hacer nada para desvincularse de la herencia ideológica que recibieron
del régimen anterior. De ahí la importancia de tu pregunta acerca del
papel de los intelectuales. Desde la intelectualidad hay mucho que hacer
y hay la obligación de hacerlo. A los intelectuales primero les toca
ayudar a la desmitificación porque pueden, tienen las destrezas
correspondientes a dicha tarea. Su prestancia en la sociedad se debe a
que pueden valerse de la palabra para arrojar luz sobre nuestros
problemas. También arrastran un ruedo moral que les debe servir de
incentivo. Pues todo este drama racial que nos agobia, esta criminosa
descalificación de otras personas por causa de su herencia ancestral con
la que todavía estamos lidiando, se naturalizó en nuestras sociedades
con el aporte decisivo de letrados que hoy llamaríamos intelectuales:
gente como Domingo Faustino Sarmiento, Juan Bautista Alberdi y Jose
Ingenieros, o sus burdos epígonos dominicanos, tales como Manuel Arturo
Peña Batlle, Emilio Rodríguez Demorizi y Joaquín Balaguer. Si uno hoy
día entra en el predio de esa tradición intelectual y no hace algo por
desvincularse del legado criminoso que pesa sobre la misma, puede
justificablemente entendérsele como continuador de ella.

Silvio Torres-Saillant
Para el caso dominicano, hay aportes que
tienen un potencial enorme de transformación. Si hiciéramos ver,
mostrando evidencia fehaciente, cómo se ha impuesto la mentira oficial
para determinar un modo viciado de recordar nuestra historia,
rendiríamos un servicio inestimable a nuestro pueblo. Por ejemplo, hay
un famoso episodio que utilizó la historiografía tradicional para hablar
de los sufrimientos del pueblo dominicano durante el “yugo haitiano” en
el periodo de la unificación con Haití de 1822 a 1844. Primero,
permíteme señalar que las lamentaciones de la historiografía oficial en
torno al sufrimiento continuo padecido por los residentes de la parte
hispano-parlante de la isla durante esos veintidós años pierden validez
cuando uno mira estudios como La dominación haitiana (15) de
Frank Moya Pons, en la que queda claro que la unificación tuvo altos y
bajos. Comenzó bien, con el presidente haitiano Jean-Pierre Boyer
gozando de una bienvenida formal, apoyo popular debido a la abolición de
la esclavitud, cosa que los criollos de ese lado de la isla que habían
expresado ideales independentistas jamás consideraron. El nuevo orden
integró a la élite criolla en la administración pública y en el
ejército. Gran parte del liderazgo que posteriormente pasaría a dirigir
el proyecto independentista y la formación de la República Dominicana
una vez proclamada la soberanía obtuvo su entrenamiento durante sus años
de servicio al gobierno haitiano. Pero, como tantos otros proyectos de
gobierno, la administración de Boyer comenzó a fallar en ambos lados de
la isla con políticas, medidas económicas y acciones simbólicamente
hirientes. En la parte hispano-parlante parece que cayó muy mal su
decisión de descontinuar las prebendas de la Iglesia Católica. Debido a
los fallos, Boyer perdió su anterior apoyo, lo cual le sirvió a la elite
separatista criolla de base para alentar el independentismo, para lo
cual primero se alió a su contrapartida haitiana para derrocar al
presidente haitiano. Luego arranca la acción separatista y ya para 1844
se proclama la República Dominicana, un nuevo Estado cuyo primer acto
jurídico fue un aviso público en el que el recién nacido gobierno se
comprometía a no restaurar la esclavitud que Boyer había abolido y
exhortaba a todos los haitianos residentes en esta parte de la isla a
quedarse en el país e integrarse al nuevo proyecto de nación con la
seguridad de sus vidas y sus bienes garantizada por el gobierno
dominicano.
Nada de eso llegó a los libros de texto
usados en el aula para instruir a las nuevas generaciones sobre su
pasado. Pero sí llegó el episodio que te quería contar, el cual funciona
como Leitmotiv en todo el discurso antihaitianista de la historiografía
tradicional dominicana desde que la elite gobernante adopta el
requisito geopolítico de mostrar animadversión hacia Haití. Se trata de
un incidente que pasó a la narrativa nacionalista con el nombre de “Las
vírgenes de Galindo”. Ello se refiere a tres jóvenes que fueron
asesinadas en una hacienda conocida por el nombre de Galindo durante el
período de la unificación con Haití. Los documentos muestran claramente
los nombres de los perpetradores del crimen, que son todos criollos
hispanoparlantes, es decir unos tipos que pronto pasarían a llamarse
dominicanos. Ojalá que la verdad de este episodio comience a difundirse
mejor a partir de la próxima aparición de Archiving Contradictions, un
estudio en el que la joven colega Lorgia García-Peña muestra la
cronología de la gradual haitianización del crimen cometido por los
criollos hispano- parlantes. Primero comienza a desaparecer el nombre de
los victimarios en las recurrentes narraciones del caso, luego se va
sobredimensionando la cronología –durante la dominación haitiana– hasta
que eventualmente van adquiriendo identidad haitiana los perpetradores,
después de lo cual ninguna narración perderá la oportunidad de presentar
el caso como el crimen horrendo de los haitianos contra “nosotros los
dominicanos” durante la ocupación y de esa manera ilustrar la inmundicia
del yugo haitiano. La evocación manipulada de las muchachas de Galindo
siguió recurriendo a lo largo del siglo XX y en los ochenta aparece de
la manera quizás más vil en un libro del nefasto Balaguer titulado
Galería heroica, un entuerto pseudo-poético, como lo fue todo su verso.

EO: Haciendo el símil con las hermanas Mirabal (16).
ST-T: Precisamente. Se trata de un
pretendido homenaje a las hermanas Mirabal en el que Balaguer traza un
paralelo entre las tres beldades de Salcedo y las tres doncellas de
Galindo. El insufrible intento de elegía se torna demasiado paradójico
para convencer a nadie. Pues no hay ejercicio elegiaco que valga para
hacer olvidar que el autor tiene responsabilidad directa en el asesinato
de las homenajeadas. Cabecilla del régimen que las asesinó, Balaguer
fungía como presidente títere de la dictadura trujillista en el 1960
cuando aparecieron exánimes los cuerpos de las muchachas de Salcedo al
pie de una barranca. Además, este símil, que procura de alguna manera
haitianizar el crimen, yuxtaponiéndolo con el caso de las tres jóvenes
ultimadas en Galindo, se siente como traído por los moños. Dice: “Eran
también tres doncellas/ de la más límpida casta/ que perecieron a
mano/de unos hombres de otra raza/dominados por las brujas/de su lujuria
africana”. No creo que tenga mucho precedente en la historia de la
escritura la combinación espeluznante de trastorno conceptual y cinismo
morboso que hallamos en estos malhadados versos.
Todo este andamiaje de mentira burda y
pobreza conceptual se caería por su propio peso si alentáramos en los
estudiantes la disposición a mirar con ojo crítico. La denuncia del
discurso fofo de la narrativa oficial se ha hecho desde que en los
sesenta arrancó la “nueva historia” en la Universidad Autónoma de Santo
Domingo, pero ha faltado una pedagogía pública que facilite la llegada
de esos saberes a la base de la población, con tal de que ella misma
pueda descodificar la enajenación puesta allí por la vieja erudición.
Pienso que nos hace falta un mayor esfuerzo por desmontar toda la
falsedad del discurso oficial que ha seguido repitiendo el régimen.
Entiendo que es un tanto incómodo y podría sentirse como un ejercicio
poco académico debido a la pobreza conceptual de los textos y los
discursos con los que hay que terciar. Es como emporcarse las manos.
Pero hay que hacerlo hasta que les resulte obvio a los estudiantes que
los haitianos no son “otra raza” con respecto a los dominicanos, que
África no es sinónimo de “lujuria”, puesto que, de serlo, serían
lujuriosos la mayoría de los dominicanos debido a su herencia africana.
Hacerlo hasta que la comunidad le retire la tolerancia a un autor que
escriba elegías a mujeres que el mismo autor ha ayudado a matar,
considerando que dicha escritura añade ofensa al crimen en vista de su
evidente burla contra el pueblo. Para conectar con lo anterior, los
intelectuales serios deben trabajar arduamente en esa empresa de
pedagogía pública con tal de que el repudio a la mentira oficial, para
seguir usando esa frase útil de Roberto Cassá (17), deje de inquietar
solo a los intelectuales. Es decir, combatir la manipulación de nuestra
memoria pública deberá formar parte del menú de inquietudes de la
población una vez se le haya activado la conciencia ciudadana que su
educación le ha obstruido. En la República Dominicana, como tú sabes, se
dio una trifulca intelectual en el 2002 cuando al Ministro de Cultura
Tony Raful se le ocurrió premiar como mejor libro del año al mamotreto
negrofóbico y antihaitiano El ocaso de la nación dominicana del
afrodominicano neotrujillista Manuel Núñez, obra tan chapucera en los
argumentos como vil en la redacción. Sabremos que hemos avanzado si la
próxima vez que a otro ministro se le ocurra tal aberración, la reacción
venga, no de la intelectualidad, sino de la comunidad que se tire a la
calle a exigir su inmediata destitución por insultar de tal manera a la
ciudadanía.
EO: Usted tituló uno de sus
libros El tigueraje intelectual, en el que discute con esta
intelectualidad oficial, tradicional –como usted mencionaba– de
República Dominicana que justamente ha falseado esta historia, que la ha
acomodado de acuerdo a sus intereses.
ST-S: O mejor dicho, a esa
intelectualidad con carnet de identidad liberal que no ha sabido, que no
ha podido o no ha querido distanciarse, separarse de la intelectualidad
tradicional que nos dejó el legado de falsificación rampante y de
insulto a la ciudadanía. Por la razón que fuera, esa clase instruida con
carnet liberal se ha hecho solidaria con los portavoces actuales del
trujillato y su extensión balaguerista.

EO: ¿Y por qué cree usted que no ha querido, no ha podido, no se ha distanciado?
ST-T: A mí parecer, primero porque no hay
una economía del saber autónoma en la República Dominicana. Durante
mucho tiempo, por ejemplo durante los ochenta, los académicos
dominicanos tenían que estar todos involucrados en lo que en ese momento
se llamaba el pluriempleo, que quería decir que después que tú
enseñabas tus clases en la universidad, tenías que irte a hacer otros
trabajos que te permitieran completar el sueldo que necesitabas para
mantener la familia a flote. Entonces, en situaciones como esa, es muy
difícil que la gente pueda declararse totalmente independiente, porque a
lo mejor el Ministro de Cultura podría ofrecerte algo que te saque de
esa situación angustiosa en la que tú te encuentras en la lucha por el
pan, por la vida diaria. Tomando prestada una frase de la colega
puertorriqueña Yolanda Martínez San Miguel, yo he hablado de una
solidaridad intervenida, de que la necesidad material les coarta la
capacidad de solidarizarse con las necesidades de la población. Claro,
llega un momento en que superan esa necesidad pero se quedan adictos a
la comodidad que les provee la alianza con el régimen y evitan
distanciarse ideológicamente del mismo.
Se suponía que después de la muerte de
Trujillo, comenzáramos una revisión de toda la historiografía mentirosa
de Trujillo. Pero, ¿qué pasó? Hubo un gobierno democrático que no duró
más de siete meses. Lo derrocó la misma derecha trujillista, la cual,
con ayuda de los Estados Unidos, puso a Balaguer en el poder para
continuar la agenda trujillista ahora disfrazada con un ropaje electoral
que le permitía llamarse democracia, no obstante siguiera la misma
conducta: la violencia asesina, el robo de todos los bienes nacionales,
la perversión de las instituciones y la misma teoría cultural
trujillista. Luego, en 1978 el pérfido Balaguer se vio obligado a dejar
el Palacio Nacional. Vino un gobierno dirigido por el Partido
Revolucionario Dominicano, que había nacido en el exilio y había formado
parte de la resistencia anti-trujillista. Pero ese gobierno parece que
no se planteó la urgencia de desmontar la mentira oficial y sanear la
narrativa histórica, así como el discurso cultural y de identidad
nacional. No sé si tú sabes que la narración trujillista de la historia
contiene agresiones haitianas contra el pueblo dominicano que se
remontaban al siglo XVII, es decir hasta poquito después de 1605, cuando
las autoridades españolas de Santo Domingo despueblan el oeste de la
isla para tener mayor control de la población, creando tierras baldías
que eventualmente terminarían en manos de Francia con el surgimiento de
la lucrativa colonia de Saint Domingue. Como era de esperarse en el caso
de dos poderes coloniales competidores entre sí, hubo disputas a veces
de corte fronterizo entre las autoridades españolas y las francesas
durante parte de ese siglo y del siguiente. Los Peña-Batlle, Rodríguez
Demorizi y Balaguer muestran tal frenesí en la necesidad de solidificar
lo haitiano como otredad adversa que echan mano a todas las décadas de
disputas franco-hispanas para convertirlas en episodios de agresión
haitiana contra nuestro pueblo. En su perversidad conceptual se las
arreglan para fechar agresiones haitianas comenzando más de ciento
cincuenta años antes de la existencia de Haití. Pero parece que esa
desinformación no le preocupaba tanto a la dirigencia del Partido
Revolucionario Dominicano. Quizás creyeron que se eliminaba el
trujillato con solo ganarle las elecciones a Balaguer. No sorprende, por
tanto, que ocho años después el pérfido caudillo volviera al poder.
EO: En ese sentido, me parece que
el rol de la diáspora dominicana, sobre todo en Estados Unidos, ha sido
fundamental para generar un pensamiento crítico, para mirar desde otro
lugar la historia. ¿Cómo evalúa usted el rol de los intelectuales en la
diáspora?
ST-T: El rol de los intelectuales de la
diáspora ha sido fundamental principalmente en afirmar, reconocer y
fortalecer las voces que desde la misma sociedad dominicana por décadas
han protestado por la desinformación perpetrada por el régimen. Es
importante para mí, por ejemplo, subrayar que en el país siempre ha
habido resentimiento contra la opresión, siempre ha habido lucha contra
la desvergüenza del régimen, siempre ha habido deseo de que el abuso
desaparezca y de que a los enemigos del pueblo que nos gobiernan se les
ponga en su puesto. Pero, ¿qué sucede? Que esos enemigos del pueblo que
nos gobiernan también son quienes controlan los medios de comunicación
y, principalmente, controlan la justicia. En esa situación, la
resistencia dominicana tiene mucho en su contra. Hay figuras de relieve
cuya presencia nacional es tan importante que se hace muy difícil
callarlos, como, por ejemplo, Juan Bolívar Díaz, un periodista de un
historial de lucha que se remonta hasta el principio de la violencia
balaguerista. El está ahí como una voz difícil de silenciar. Están
personas como Huchi Lora y Fausto Rosario Adames (18), todas figuras que
han estado activas diciendo lo que tienen que decir. Huchi Lora, por
ejemplo, hizo un gran aporte cuando compartió públicamente datos de una
nueva investigación que pormenoriza el crecimiento de la población
haitiana en la República Dominicana y el rol activo del gobierno
dominicano en estimular ese crecimiento. El gobierno dominicano por
muchas décadas ha tenido un programa de braceros pactado con el gobierno
haitiano. El mismo contempla la llegada de los trabajadores migrantes a
cortar caña, terminar sus temporadas laborales y regresar a su país. Al
gobierno huésped, naturalmente, le toca cubrir los gastos
correspondientes a la movilidad de esos trabajadores desde y hacia su
país. Pero, siendo nuestro gobierno tan medularmente corrupto, las
autoridades dominicanas tradicionalmente han optado por economizarse el
gasto de la repatriación, economizándose también el costo de volver a
traerlos para la próxima zafra. Entonces los dejan en el territorio
nacional, trayendo trabajadores adicionales en la medida en que la
necesidad de mano de obra va creciendo y volviendo a dejarlos en el
país, y así sucesivamente. Desde la diáspora resulta sobrecogedor ver a
Huchi Lora mostrando una foto de archivo del magistrado Milton Ray
Guevara, actual Presidente del Tribunal Constitucional devenido
ultranacionalista a raíz de las críticas suscitadas por su sentencia
168-13. Dicha foto data del 1979, cuando Ray Guevara, siendo funcionario
del gobierno de Antonio Guzmán (19), firma con las autoridades de
Port-au-Prince el acuerdo para traer al territorio dominicano los 29.000
braceros haitianos pactados para ese año. Nosotros desde la diáspora
nos vemos representados por esas voces que desde sus lugares de opinión
independiente están haciendo un llamado a la cordura para contrarrestar
la vocinglería de los ultras. Sobre todo nos identificamos con la
hostilidad que han debido padecer por más de un año debido a su decisión
de asumir su conciencia ciudadana frente al régimen imperante. Pues a
ellos el ultranacionalismo los tilda de fusionistas y a nosotros
también.

La diáspora, entonces, no hace más que
ensanchar el marco del discurso de resistencia y de respuesta, y hace
menos posible que se margine de manera radical esas voces importantes.
Hacemos nuestro aporte con una libertad considerable en el sentido de
que no tenemos razón para temer una llamada que tal funcionario o el
iracundo Cardenal López Rodríguez pueda hacerle a nuestros jefes para
manifestar su disgusto acerca de una opinión pública que hayamos
expresado y hacernos perder el empleo, temor que sí tienen razón para
albergar nuestros colegas en la República Dominicana. Sin embargo, me
atemoriza lo que puedan ser los planes de Leonel Fernández para con la
diáspora. No hay duda de que tiene a estas comunidades de ultramar en su
mirilla. Ha alimentado un Comisionado de Cultura en los Estados Unidos
con sede en Nueva York, es decir, una extensión de ultramar del
Ministerio de Cultura de la República Dominicana, con el propósito de
mantener atada a la diáspora a su proyecto de Estado. Temo que esa
injerencia distraiga a nuestra gente de la política étnica que se supone
debemos llevar a cabo en los lugares donde estemos asentados como
diáspora. Pienso que no conviene a nuestra emigración aliarse con el
mismo régimen que nos expulsó. Cuando dicha injerencia implica, por
ejemplo, que nuestros políticos dominicano-americanos puedan recibir
dinero para sus campañas electorales de parte de Fernández, ello puede
complicar el espacio de opinión para los intelectuales de la diáspora.
Pues si determinado compatriota llega al Consejo Municipal de la ciudad
de Nueva York o al Congreso de los Estados Unidos gracias al
financiamiento proveniente de Fernández, ¿correría yo el riesgo de
recibir represalias políticas en mi espacio diaspórico por juicios que
emita sobre un político de la tierra ancestral? En el peor de los casos,
podríamos llegar a ser víctimas del mismo silenciamiento que padecen
nuestros colegas en la República Dominicana.
Notas
(15). Publicada en 1978.
(16). Es uno de los casos más bullados del trujillato. Se
trata del asesinato en 1960 de tres de las cuatro hermanas Mirabal:
Minerva, Patricia y María Teresa, opositoras del régimen. El 25 de
noviembre, fecha de su muerte, se conmemora el Día Internacional de la
Eliminación de la Violencia contra la Mujer, en honor a ellas.
(17). Historiador dominicano.
(18). Director del medio de prensa digital Acento.com.do
(19). Presidente de República Dominicana entre 1978 y 1982.
SEGUNDA PARTE DE LA ENTREVISTA
No hay comentarios:
Publicar un comentario