lunes, 2 de junio de 2014

Sor Juana Inés de La Cruz (1651-1695)



Sor Juana Inés de La Cruz (1651-1695)


Sor Juana Inés de La Cruz, la figura literaria más grande de la época colonial, nació, vivió y murió en México. Sin embargo, al igual que su ilustre compatriota Alarcón, quien muriera  doce años antes que ella naciera, escribió como si fuera completamente española.  Mujer  de singular belleza, inteligencia y encanto, fue personaje destacado en la Nueva España durante la segunda mitad del siglo XVII. En la culminación del aquel período de refinamiento e intensa pomposidad religiosa, Juana de Asbaje y Ramirez como se llamó antes de tomar los hábitos, nació en una pequeña granja de San Miguel de Nepantla y fue bautizada en el pueblo de Amecameca, no  lejos de la ciudad de México.
A los nueve años llegó a la capital virreinal a vivir con su abuelo, y allí se quedó, como niña primero, luego como favorita de la corte,  y, por último, como la monja más famosa de México, hasta su muerte a los cuarenta y cuatro años (44 años). Sor Juana Inés, indiscutiblemente, una niña  prodigio. Aprendió a leer a los tres años, y por iniciativa propia, como ella misma lo cuanta.--- “…. No había cumplidos los  tres años de mi edad, cuando, enviando mi madre a una hermana mía, mayor  que yo, a que enseñara a leer a una de las que llaman amigas, me  llevó a mi tras el cariño y la travesura; y viendo  que  le deban  lección, me encendí yo de manera en el deseo de saber leer, que engañando a mi parecer, a la maestra, le dije; Que mi madre ordenaba me diese lección. Ella no lo creyó…. Pero,  por complacer al donaire, me la dio. Proseguí yo en ir y ella prosiguió en enseñarme, ya  no de burlas, porque la desengaño la experiencia, y supe  leer en tan breve  tiempo, que ya sabía cuando supo mi madre a quien la maestra  lo oculto.  (Sor Juana Inés de La Cruz. Repuesta a Sor Filotea, editada por Emilio Abreu Gómez, México, 1929, pág. 12).
 
A esa misma edad la niña se astenia de comer queso por haber oído decir que hacía ruda a la gente. Su amor por el estudio siguió aumentando;… “temiendo yo después como seis  o siete años, y sabiendo ya leer y escribir, con  todas las otras habilidades de labores y costura que reprehendan las mujeres, oí decir que  había universidad  y escuela en que se estudiaban las ciencia, en México; y apenas la oí, cuando empecé a matar a mi madre con instantes e importunos ruegos, sobre  que,  mudándome  el traje,. En enviase a México, en  casa de  unos  deudos que tenía , para  estudiar y cursar  la Universidad:  ella no lo quiso  hacer  ( y hizo  muy bien ), pero yo despiqué  el deseo  en leer muchos  libros varios….. Sin que  bastasen castigos y represiones a estorbarlo.. ((Sor Juana Inés de La Cruz. Repuesta a Sor Filotea, editada por Emilio Abreu Gómez, México, 1929, pág. 13).

Juana  sólo  tuvo  un maestro además de la buena señora arriba mencionada; el bachiller Martín  de Olivas, que  le enseñó gramática latina en veinte lecciones. Tan intenso era el interés  de Juana, que  solía cortarse cuatro o seis dedos  de su cabello0 (del que estaba muy orgullosa), y  si  no lograba aprender acabadamente lo que se había propuesto  cuando  volvía  el cabello a su largo anterior volvía a contarlo, para castigarse por su estupidez;.. Que no me aparecía  razón que estuviese vestida de cabello s cabeza que estaba  tan desnuda de noticas,. (.. ((Sor Juana Inés de La Cruz. Repuesta a Sor Filotea, editada por Emilio Abreu Gómez, México, 1929, pág. 13-14).

La joven  prodigio era también célebre por su encanto y belleza,  y pronto impulsaron  al virrey, marqués de Mancera y a su esposa, a invitarla  a la corte. Allí  se convirtió en la camarera  predilecta de la marquesa. No es mucho lo que se sabe de la vida de Juana Inés en la corte, aunque sin duda fue la cabecilla  intelectual entre los cortesanos y las  señoras, y probablemente alegró más de una tertulia y baile en palacio. Su talento era  tan destacado que el virrey – deseando averiguar si Juana había obtenido su vasto conocimiento directamente  de Dios o su lo había  adquirido.. Convocó a los más destacados profesores, teólogos y humanistas de la Nueva España, para que la conocieran y le  hicieran preguntas de sus diversas especialidades. Asistieron  cuarentas eruditos, y Juana contestó a todas  las preguntas y satisfizo a todos. Hasta el mismo virrey dio fe  del triunfo diciendo que del mismo modo que un galeón magnifico se defendía de unas pocas embarcaciones  que le atascaran,  del mismo modo Juana Inés salió airosa de los  interrogatorios, argumentos y proposiciones de  tantos sabios.

Pero  a pesar de aquellos  triunfos, la vida de la corte no siempre era fácil para la niña. Su belleza y su inteligencia atrajeron  a su lado a muchos nobles, y quizás inspiro a  alguno  una pasión correspondida. Al menos, ésta  es la conclusión  a que se que se llega después  de leer  su lírica amorosa. Al parecer,  se desilusionó rápidamente y  estuvo pronta a olvidar, pero la experiencia parece haber dejado profundas cicatrices, porque Juana empezó a pensar en la paz y en el claustro,  donde tendría holganza  para dedicarse a la meditaciones y al estudio entres sus amados libros.

A los dieciséis años, Juana Inés abandonó la corte para entrar a la orden  de las  Carmelitas. Luego  de tres meses de vida religiosa, cayó enferma; no podía soportar la comida,  las ropas, el rigor del noviciado. Dos años  después, sin  embargo, entró en el convento de San Jerónimo y pronunció los votos irrevocables. Sor Juana fue una monja modelo. Era capaz  de cambiar sus deberes religiosos  con su interés literario y científico, atender a los enfermos y dedicar todo su tiempo libre a sus estudios.
Durante  semanas enteras dejaba de ver a las demás  monjas para no perder preciosos momentos en charlas vanas, en oír las discusiones de los sirvientes y en recibir visitas intempestivas.
Los libros eran su pasión dominante, y se ingenió para  reunir una biblioteca de más de cuatro mil volúmenes. San Jerónimo se convirtió en un asilo de paz y de cultura, en un centro literario y social que la gente más distinguida de México acostumbraba visitar. El  virrey Mancera y su mujer, alabados por Sor Juana en famosos sonetos, iban a  menudo a visitar a su amiga. Y más tarde, todos los virreyes que les sucedieron, el conde y la condesa de Paredes, el conde de la Monclova y el conde de Galve rindieron homenaje a la poetisa. La influencia  de Sor Juana Inés de La Cruz no se limitaba a la  vida del convento: era también  una fuerza  cívica.

No obstante su prestigio, la sociedad mundana y la Iglesia la hicieron objeto de críticas. La gente  sostenía que la literatura era impropia  de una monja, Clérigos,  monjas y hasta su propio confesor, intentaron disuadirla de escribir. Una priora le prohibió que leyera sus libros, porque pertenecían a la nigromancia; cuando estaba  enferma,  sus  médicos le aconsejaron  que no leyera. Por último, durante los dos últimos  años de su vida, Sor Juana Inés de la Cruz abandonó sus  afanes literarios y se dedicó a alcanzar la perfección espiritual por medio de la plegaria y las obras de caridad.
Vendió  sus libros y dio el dinero a los pobres, se desprendió de sus  instrumentos astronómicos, mortifico su carne y escribió  con su propia sangre una plegaria a  Cristo. En 1695, cuando una terrible peste azotó a la ciudad de México, Sor Juana Inés se ofreció para  cuidar a algunas de las monjas que cayeron enfermas. Por último, ella misma cayo victima de la horrible plaga, y murió el 17 de abril de 1695.

Durante su carta vida, esta monja intelectual  escribió poesías, obra de teatro y obras en prosa, de las cuales no todas han llegado al público o mejor bien conocida.

El primer volumen de sus poemas  recopilados se publico en Madrid en 1689, con el título “inundación castálidas”; poco después  siguieron un segundo y un tercer volumen. Sus piezas de teatro son dos comedias de intriga: Los españoles de una  casa y Amor es más laberinto (escrito en colaboración con Juan de Guevara). Y siguen a la de Alarcón,  entre los  mejores compuestas  por hispanoamericanos del siglo XVII; cuatro autos sacramentales llenos de pura fantasía religiosa: El Divino Narciso, El Mártir del Sacramento, San  Hermenegildo y El  Cetro  de José, y dos sainetes. Además  compuso varias obras de  prosa, entre las cuales figura Crisis de  un sermón (1690), con el cual provocó sensación en el mundo católico al criticar al célebre  jesuita Antonio  de Vieyra, “el Cicerón  portugués”.
 El obispo de Pueblo hizo  imprimir aquel  libro con el título de Carta atbenagórica, y se la  devolvió  a su autora junto con una carta firmada  con el seudónimo de “Sor Filotea de la Cruz” , Sor Juana contestó con  su hoy famosa Repuesta a Sor Filotea de la Cruz” ( 1691), obra de alto valor  biográfico, e la que explica el empeño de toda su vida por el estudio, en uno de los documentos literario más humanos y nobles que se  haya escrito en América.
Pero a Sor Juana se le recuerda principalmente  como poetiza, y hasta hoy sus compatriotas se  refieren a ella con el afectuoso dictado de La Decima Musa. La poesía de  aquella gran mujer era intuitiva. Desde la niñez se expresaba  en verso, y se espantó al enterarse de que eso  no sucedía a otra persona. Había supuesto que la poesía y la belleza eran dotes  naturales de la humanidad. Personalmente, consideraba  su talento poético como un  don  divino, sin embargo su poesía no es mística, sino muy realista. Su clara inteligencia la dota de  gran precisión  aun  cuando describe sus propios sueños. Sus sonetos de amor tienen todo el equilibrio platonismo  de Petrarca, y en fuerza  concisa y  simbólica recuerdan a Shakespeare.
Sus romances son comparables a los mejores en lengua española, y tienen a veces el giro ingenioso, realista, de los romances de Góngora. Sus poemas tristes, desilusionados y melancólicos son conmovedores, y sus estrofas satíricas suelen ser  dignas de Quevedo. Algunas veces dirige contra sí misma la actitud de su ingenio.
Algunos han  tachado a Sor Juana de  poetiza gongorina. Es verdad que resulta difícil y abstracta en su primer sueño,  y  que  emplea unas pocas metáforas intrincadas en sus canciones de amor mundano, que un crítico ha llamado “lo más delicado escrito por una mujer”. Concedido esto,  su poesía lírica, en  conjunto, es espontanea y sincera, llena  de colorido y de luz. Aunque Menéndez  y Pelayo no reconoció plenamente el genio de Sor Juana, le hace justicia al escribir.

Lo más bello de sus poesías espirituales se encuentra, en las canciones que intercala en el auto de EL DIOVINO NARCISO, llenas de oportunas imitaciones de El Cantar de los Cantares y de otros lugares de la poesía bíblica. Tan bellas son,  y tan limpias, por lo general, de afectación y culteranismo, que mucho más parecen del siglo XVI que del XVII, y más de algún discípulo de San Juan de  La Cruz y de Fray Luis de León que  de una monja ultramarina cuyos versos se imprimieron con  el rótulo de Inundación Catalida. (Menéndez y Pelayo, op. Cit. Tomo I, Pág. 81)

En su tratado de la música, que  desdichadamente se  ha perdido, se dice que  había alcanzado al comprender el volumen de los sonidos y previsto la escala cromática, y  según algunos críticos exageradamente entusiasta, hasta  había  prefigurado la radio. La verdad y la claridad eran dos polos de su voluntad. La belleza, escribía, no es sino unas simetría que aplicarse a Sor Juana. Cuando murió, en 1695, se  extinguió una  gran luz. El siglo XVII, la época colonial de  elegancia barroca, con  sus virreyes cultos, sus aspiraciones humanistas y su famosa monja intelectual, llegaba a su fin.
 
Tomado de: Arturo Torrez-Ríoseco. Obra La Gran Literatura Iberoamericana. EMECE EDITORIAL, S, A. Buenos Aires. 2da edición. Febrero de 1951. Capítulo I, págs.. 43 a 50.






























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