Daryelin Torres
Especial para Listín Diario
Las crónicas de los colonizadores de América se
convirtieron en las principales referencias sobre la vida de los
primeros pobladores de las Antillas, pues trascendieron a culturas que
no dejaron nada escrito. Lo que los estados caribeños, donde no
sobreviven indígenas, saben y enseñan sobre sus poblaciones originales
es básicamente lo que los colonizadores contaron sobre ellas.
Sin
embargo, los más recientes hallazgos de la arqueología están rebatiendo
muchos esquemas y datos que se repiten desde hace siglos en las
escuelas, academias e incluso en algunas investigaciones. El uso de
técnicas que no existían hace 15 años se ha sumado a un cambio en la
visión sobre la historia más temprana del Caribe.
¿Cómo era la
vida y la muerte en una sociedad indígena?, ¿cómo construían sus casas?,
¿de qué tamaño eran las viviendas?, ¿de dónde obtenían las rocas y
materias primas para confeccionar sus instrumentos y cerámicas?, ¿cómo
eran sus formas de enterramiento?, ¿qué comían?
Al parecer, la
historia no es exactamente como nos la han contado y un equipo
internacional de investigadores se ha propuesto reescribirla
principalmente desde datos arqueológicos y elementos del patrimonio
intangible en la cultura popular.
El pasado desde lo indígena
¿Qué
ha priorizado la perspectiva tradicional de la historia? Jorge Ulloa,
arqueólogo y profesor del INTEC, considera que “está llena de esquemas y
prejuicios”. Explica que “los actos de rebeldía, la propia capacidad de
agencia de estos grupos (antillanos) para adaptarse a situaciones de
esclavitud y dominación quedan obnubiladas en los documentos porque
fueron producidos por las personas esclavizadoras”.
El
investigador es autor del libro “Arqueología en la Línea Noroeste de La
Española”, para el que estudió durante siete años unos 48 sitios
arqueológicos como parte de su tesis doctoral para la Universidad de
Leiden (Holanda). Actualmente participa en el proyecto Nexus
1492-Encuentro del Caribe con un mundo en globalización-, que desarrolla
esa universidad bajo la dirección de Corinne Hofman, con apoyo de la
Unión Europea (UE).
Se trata de un proyecto de alcance global, con
investigadores de diversas partes del mundo. En República Dominicana el
vínculo es a través del Museo del Hombre Dominicano, el Ministerio de
Educación y el Instituto Tecnológico de Santo Domingo (INTEC).
En
los últimos siete años han identificado unos 90 nuevos sitios
arqueológicos de los siglos XIII y XIV, principalmente en las provincias
Puerto Plata y Montecristi y alrededor de la ruta que siguió Cristóbal
Colón entre Villa Isabela, el Fuerte Santo Tomás de Jánico (1494) y el
norte de Haití, para obtener una visión isleña. Estudian todo el paisaje
cultural indígena.
Para analizar todos los componentes de la
cultura material que aparecen en un espacio arqueológico, los
investigadores usan teledetección, drones, análisis espacial de fotos
aéreas y satelitales, sistemas de información geográfica (SIG), análisis
de almidones y fitolitos de plantas, de fuentes de arcilla y de las
fuentes geológicas de las materias primas encontradas en las
excavaciones, entre otras técnicas.
“Las Antillas, mayores y
menores, eran un mosaico cultural de personas en constante interacción,
tan diverso como hoy. Las evidencias arqueológicas refieren la
existencia de intercambios; hubo culturas que coexistieron y se
mezclaron siglos antes de la irrupción europea”, indica Ulloa, encargado
Departamento de Arqueología Museo del Hombre Dominicano.
“Para
entender la historia posterior hay que entender la anterior, que es
donde la arqueología desempeña un rol vital. Usa el pasado para entender
el presente pero también el presente para entender el pasado”.
La
importancia de estas investigaciones es que proponen una visión
regional de la arqueología, que se suma a estudios anteriores, y aportan
elementos que enriquecen la cultura y la identidad.
¿Dónde está lo recuperado?
Los
elementos indígenas recuperados, principalmente en el Este y la Línea
Noroeste del país, están expuestos con sentido educativo y didáctico
en espacios culturales como:
ï Museo del Hombre Dominicano en la Plaza de la Cultura, con una de las mayores colecciones del Caribe
ï Centro Cultural Eduardo León Jimenes
ï Museo Regional de Altos de Chavón
ï Parque Histórico La Isabela (Puerto Plata).
ï Sala de Arte Taíno de la Fundación García Arévalo
ï
Parque histórico de La Vega Vieja (donde además de materiales culturaes
indígenas y europeos, se pueden apreciar las transformaciones sufridas
por las comunidades aborígenes a).
ï Adicional a estos ambientes
hay cuevas donde aún se aprecian petroglifos y pictografías, como Los
Haitises, el Parque Nacional del Este y el Parque Nacional Aniana
Vargas.
¿Qué cambiar en la enseñanza de la historia?
Término
“taíno”. Se ha utilizado indiscriminadamente la etiqueta “cultura
taína” como algo homogéneo para referirse a una cultura, un pueblo, una
tribu, raza en todo el Caribe, pero en realidad la arqueología ha
demostrado que las Antillas tenían un mosaico de culturas antes de la
irrupción europea, cuyas particularidades y modos de vida están aún por
estudiarse. Estas diferencias fueron reflejadas por las crónicas
europeas y muchos de los términos usados por éstas (Ciguayos, Macoriges,
Taínos, Subtaínos, Siboneyes, Ignerys) han sido asimilados a grupos
étnicos específicos de acuerdo con ciertos indicadores, como los estilos
cerámicos (Chicoides, Ostionoides y Meillacoides). Este último aspecto
también ha sido cuestionado. No sólo se están revisando los términos
sino los fenómenos culturales que tradicionalmente éstos han designado.
Llamarles “arcaicos”. A
las primeras sociedades que habitaron La Hispaniola se les ha llamado
“arcaicas” porque se consideraba que no desarrollaron la agricultura ni
la cerámica por sí mismas, sino con la llegada de grupos desde
Sudamérica (principalmente del Orinoco, Venezuela). Los hallazgos de la
arqueología del Caribe apuntan a que las sociedades “arcaicas” podían
tener un manejo de la cerámica y de ciertas especies de plantas desde
1295 antes de Cristo, a juzgar por los gránulos de almidones fosilizados
de maíz, batata, guáyiga, yautía obtenidos de análisis de sus
herramientas en sitios de Puerto Rico. Esto evidencia que debe revisarse
la idea tradicional de que la agricultura y la cerámica, es decir los
elementos inherentes al período neolítico, entraron a las Antillas con
los arawacos. Los análisis espaciales de los asentamientos también
apuntan a que tenían patrones de construcción de viviendas.
Nuevos conceptos. La
arqueología había visto los sitios como algo aislado: un período
correspondía a una cultura determinada. Ahora las investigaciones
arqueológicas se basan en conceptos como “paisaje arqueológico”,
“transculturación”, “hibridación”, “interacción”, “contacto cultural”,
es decir, en vez de ver el desarrollo de la historia precolombina sólo
en un sentido lineal (diacrónico), se analiza en un sentido complejo
(sincrónico) de interacción e interconexión de grupos no solamente
dentro de las Antillas sino también con otras partes del continente.
Interacción.
Los europeos obtuvieron sus primeras rutas de los indígenas, quienes
las tenían establecidas. No había un aislamiento entre las islas. En su
navegación hacia Cuba, Colón cuenta que encontraron a un indígena
navegando que llevaba dos blancas (monedas) que habían sido objeto de
intercambio en Bahamas. Si estas interacciones incluían los objetos,
incluían palabras para designarlos y tal vez los rituales o creencias
asociados a ellos. Así podrían haber circulado objetos, materias primas,
personas, palabras, ideas, que implican vínculos sociales.
Origen.
Se ha dicho que los indígenas vinieron de la cuenca del río Orinoco
(Venezuela) y pasaron de isla en isla hasta llegar a las Antillas
Mayores, pero hoy se plantea que se recibieron influencias de otras
partes de Sudamérica y Centroamérica.
No todo fue recibir. Desde
la Línea Noroeste de La Hispaniola se poblaron las Bahamas. En algunas
Antillas menores (Saba, Guadalupe, La Deseada) se han encontrado
trigonolitos y estatuillas de cerámica de las Antillas mayores, así como
hachas de jadeíta, una roca de la que solo hay fuentes en La
Hispaniola, muy cerca del sitio arqueológico de Playa Grande (República
Dominicana) y en la parte norcentral de Cuba. También se han encontrado
fragmentos de vasijas europeas, objetos de metal, monedas, herraduras,
cuentas de vidrio en contextos indígenas que apuntan a que esos objetos
circularon entre ellos, una vez los adquirieron de los europeos.
Fuente: Jorge Ulloa, libro “Arqueología en la Línea Noroeste de La Española”, publicado por el Fondo Editorial INTEC.