domingo, 5 de junio de 2016

El Papa canoniza a «la mujer más extraordinaria de Roma» según Merry del Val

El Papa canoniza a «la mujer más extraordinaria de Roma» según Merry del Val
María Elizabeth Hesselblad fue una enfermera sueca luterana que termino refundando la orden de Santa Brígida

Monjas rezan a la espera de la misa para la canonización de María Elizabeth HesselbladMonjas rezan a la espera de la misa para la canonización de María Elizabeth Hesselblad - EFE

JUAN VICENTE BOOCorresponsal En El Vaticano - 05/06/2016 a las 13:28:57h. - Act. a las17:16:32h.Guardado en: Sociedadhttp://www.abc.es/sociedad/abci-papa-canoniza-mujer-mas-extraordinaria-roma-segun-merry-201606051328_noticia.html

El Papa Francisco ha canonizado este domingo a una antigua enfermera sueca luterana, reconocida en la lista de “justos entre las Naciones” del memorial de Yad Vashem, y definida por el cardenal español Rafael Merry del Val como “la mujer más extraordinaria de Roma”. Había sido beatificado por Juan Pablo II en el Gran Jubileo del Año 2000.
De un modo que refleja en su vida personal una idea repetida con frecuencia por el Papa, María Elizabeth Hesselblad (1870-1957) se encontró plenamente con Cristo cuando trabajaba como enfermera en Nueva York y atendía en sus casas a muchos pobres, entre los que abundaban los católicos.
En 1888, fue recibida en la Iglesia católica en Washington por el sacerdote jesuita Johann Georg Hagen, que era también astrónomo y “veía” la mano de Dios en el universo.
En una vida que parece sacada de una novela, María Elizabeth peregrina a Roma, descubre la memoria y la casa donde había vivido cinco siglos antes santa Brígida de Suecia, encuentra su vocación y termina por refundar la orden con ayuda de tres chicas británicas.
No es extraño que Rafael Merry del Val, que fue nombrado secretario de Estado del Vaticano a los 36 años y era él mismo un personaje fuera de lo común, la considerase una mujer extraordinaria. Entre sus carismas figuraba el ecumenismo, facilitando el acercamiento entre católicos y luteranos varias décadas antes del Concilio Vaticano II.
Si el cardenal y diplomático español (1888-1930) hubiese vivido para ver la Segunda Guerra Mundial se encontraría a María Elizabeth escondiendo familias judías en su convento. Y compartiendo una amistad con el rabino jefe de Roma, Israel Zolli quien, al acabar la guerra, se convirtió al cristianismo y tomó el nombre de Eugenio como agradecimiento al Papa Pio XII (Eugenio Pacelli) por haber salvado del Holocausto a cientos de miles de judíos.
Las “brigidinas”, reconocibles a distancia por su corona nórdica de trazos blancos y broches rojos, eran las más alegres en una plaza de San Pedro repleta de decenas de miles de fieles entusiastas.
En su homilía, el Papa ha comentado que tanto la nueva santa sueca como el nuevo santo polaco Jesús María Papczynski (1631-1701) “pueden cantar por toda la eternidad con las palabras del salmista: Cambiaste mi luto en danza. Señor Dios mío, te daré gracias por siempre”.

Dos signos de resurrección

Francisco ha comentado también en su homilía “dos signos prodigiosos de resurrección, el primero obrado por el profeta Elías, el segundo por Jesús. En los dos casos, los muertos son hijos muy jóvenes de mujeres viudas que son devueltos vivos a sus madres”.
Según el Santo Padre, “la viuda de Sarepta -una mujer no judía, que sin embargo había acogido en su casa al profeta Elías- está indignada con el profeta y con Dios porque, precisamente cuando Elías era su huésped, su hijo se enfermó y después murió en sus brazos”.
Pero la historia no acaba en tragedia, pues “el profeta toma al niño y lo lleva a la habitación de arriba, y allí, él solo, en la oración, ‘lucha con Dios’, presentándole el sinsentido de esa muerte. Y el Señor escuchó la voz de Elías, porque en realidad era él, Dios, quien hablaba y el que obraba en el profeta”.
A su vez, Jesús se encuentra, al llegar a Naín, con el entierro del hijo único de una viuda. Viendo su dolor, Jesús se acerca, "toca el ataúd, detiene el cortejo fúnebre, y seguramente habrá acariciado el rostro bañado de lágrimas de esa pobre madre. ‘No llores’, le dice y se lo devuelve vivo. No es un mago. Es la ternura de Dios encarnada, y en él obra la inmensa compasión del Padre”.
Terminada la ceremonia, el Papa ha dedicado casi tres cuartos de hora a saludar a muchos de los sacerdotes concelebrantes, recorrer la plaza en el “papamóvil” y acariciar y bendecir a numerosos enfermos.

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