martes, 14 de junio de 2016

Alférez de fragata Alfredo Leschhorn Ortiz.

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Alférez de fragata Alfredo Leschhorn Ortiz.

Oficial de la Marina Leschhorn, se "equivoca" y saca a bailar a Angelita Trujillo.


Alférez de fragata Alfredo Leschhorn Ortiz.
Un oficial de la Marina de Guerra que bailó con Angelita Trujillo, sin permiso de su poderoso papá, fue insultado por este, vio estancada su carrera en la milicia y fue enviado preso a la Torre del Homenaje con todo y su frac naval, que lucía en la ocasión.

Rafael L. Trujillo Molina, el hombre que respetó a muy pocas mujeres de las que estuvieron a su alcance y quizás de las que no lo estaban, no solo insultó al alférez de fragata Alfredo Leschhorn Ortíz, sino que dijo con furia y de forma determinante: "¡ A ese no quiero verlo jamás!". Esto prácticamente equivalía a una condena de muerte , pero la habilidad y el coraje del entonces jefe de la Marina, contralmirante César de Windt Lavandier, salvaron la vida del joven de 22 años.

El incidente ocurrió en un rumboso baile que dedicó Trujillo al jefe de Estado Mayor del Ejército de Haití, Antoine Level y señora, en el Palacio Nacional. El militar haitiano era jefe del Ejército de su país.

De Windt Lavandier, en forma violenta, aunque en el fondo, con poco de teatro, envió preso a Leschhorn, hijo de un naviero alemán y de la criolla Consuelo Ortíz Marchena, hija de Vicente Ortíz, crítico y empresario teatral que trajo al país las mejores compañías teatrales, de operetas y variedades de su tiempo. El muchacho había sido alumno de primaria en la escuela de sus hermanas, las señoritas de Wint y desde entonces le profesaba mucho aprecio y distinción.


Ramón Emilio Jiménez, Juan Bautista Cambiaso ( el Molúsco) y Alfredo Leschhorn, días después se su graduación en 1950
Leschhorn, apuesto, espigado y con unos ojos verdes que encandilaron a la entonces adolescente hija de Trujillo, compartía en una mesa con sus amigos y compañeros de graduación, Rafael A. González y Juan Bautista Cambiaso ( llamado cariñosamente "el Molusco") que , después, pasó a la Fuerza Aérea Dominicana; " le retoñó" la maldad y en esa materia, obtuvo un doctorado.

Los muchachos, medio "apavados", se sentían un poco solos cuando repentinamente se presentaron dos amigas de Angelita Trujillo que los invitaron a la mesa de esta. El Molusco se había separado de los otros dos, vacilando un poco, Leschhorn y González aceptaron la invitación y se sentaron junto a las bellas. Luego Angelita invitó a Leschhorn a bailar. Y bailaron y bailaron regocijados. Pero apenas se habían sentado, cuando el padre de Angelita se presentó a la mesa , hecho el mismo demonio, pues, a pesar de la etiqueta que lucía, no se necesitaba mucha imaginación para verle el tridente del agresivo Belcebú.

Amenazo al joven oficial Leschorn con darle "galletas", panes y toda una serie de cosas que se ofrecen para pegárselas a uno en la cara y dejarle la marca de la mano que golpea.

El Director de la academia, coronel Ramón Julio Didiez Búrgos, llevó uno de esos "jabones" que uno siempre recuerda, porque no le quitan el sucio, pero si le quitan la tranquilidad y el sosiego, sobretodo siendo de Trujillo con la marea más arriba de los cabellos.

"¿Y ese es el tipo de respeto y disciplina militar que se enseña en su academia?. ¿Atreverse a bailar con frescura delante de mí, con mi hija, una adolescente?. ¿Eso se llama respeto?. ¡Dígame!, urgía Trujillo.

A medida que iba hablando su voz iba aumentando y haciéndose más ronca por la ira. Leschhorn y González oían los improperios con la cabeza baja, como pollitos bajo el aguacero torrencial. Angelita y sus amigas estaban un poco amorradas, pero no dijeron nada en contra ni a favor de los muchachos.

Sin embargo, Ramfis habló un poco a favor de Leschorn, indicándole a su padre que él lo conocía y que este no había bailado en forma "descompuesta".

Pero Trujillo estaba como animal ciego, lanzando patadas por donde quiera que oía voces. Y por eso no hizo caso a su hijo mayor, ni a nadie que le hablase del "infragante".

"¡No quiero ver más esa mojiganga! ¡ No quiero verlo más! ¡Quítenlo de mi presencia! Dijo en tono airado y autoritario.

Contralmirante César De Windt Lavandier.

Entonces intervino de Windt Lavandier y, llamando un par de guardias, dijo en forma violenta: "Llévenlos presos a la Torre del homenaje, con todo y su frac Naval".

Apenas había dicho la última palabra cuando los dos jóvenes oficiales de la Marina iban en una guagua celular rumbo a la colonial prisión, donde popularmente aseguraban que estuvo preso Cristóbal Colón. Es posible que ni para Leschhorn, ni para González fuesen esas remotas referencias, distinción alguna. Estaban con frac Naval y con sus pistolas al cinto. Estuvieron incomunicados durante una semana, sin saber realmente cuál era su delito.

Pero mientras tanto, la recepción seguía en su apogeo, tragos y más tragos, música ligera y popular, conversaciones amenas, Trujillo con su distinguido invitado Haitíano y su esposa, una mulata casi blanca de un refinamiento y un don de gente que fue apreciado por cuantos la trataron. Trujillo no quiso mirarla frente a frente, porque la consideró demasiado tentadora y atractiva. Además Level no era hombre que aceptaba "cuernos", como muchos maridos de la época.

Pero a la hora de recoger los abrigos, sombreros, kepis y otras prendas que se habían dejado en el ropero palaciego, se produjo un lío que amargo a todos los asistentes al espléndido agasajo. No aparecía el abrigo de la señora Level y no hubo forma de dar con él. Como siempre, la soga quiebra por lo más delgado, el montón de mozos y camareros presos hacía olas. Pero no apareció el abrigo de armiño de la distinguida dama haitiana.

Cuentan que esa misma noche, Trujillo hizo encargar a Miami un lujoso abrigo que enviado en la mañana por vía aérea, antes del mediodía, fue entregado a la señora Level, pese a su fina y cordial negativa de aceptar tal presente.

En cambio, a ningún militar les restituyeron su kepis, rameado o sin ramos.

Prácticamente el robo del abrigo y de varios kepis de oficiales nativos y extranjeros, fue el plato y condimento de las conversaciones sociales de esos días.

Las conjeturas florecían por doquier, como la hierba mala. Pero no se sacó nada en claro, ni apareció ninguna de las prendas sustraídas con fina habilidad.

Al menos se hizo una pizca de justicia cuando un camarero y una señora que trabajaba en el Palacio Nacional razonaron a la policía: "¿y para que diablos vamos a coger ese dichoso abrigo?". Eso es como el que quiere aretes sin tener orejas." Los liberaron junto con otros infelices que también habían servido en la casa de gobierno.

Mientras tanto, Leschhorn y González seguían presos y cada uno con su vistoso frac naval que, a medida que pasaban los días, olían, olían y no ha cosas buenas, pues el agua era escasa hasta para tomar en la dichosa fortaleza. Por fin ambos optaron por tirar en un rincón de su celda la delicada etiqueta de la Marina de Guerra y se quedaron a medio vestir. Comían "chao", igual que los demás presos, sólo que no tenían preboste en la celda y nadie les dio palos por los costillares, condimentados con insultos inaudibles para oídos medianamente castos.

Mientras tanto, el jefe de la Marina hablo con el entonces presidente, general Héctor Bienvenido Trujillo, a favor de Leschhorn y González y, a los 15 días de presos, se les puso en libertad. Le fue enviado por De Windt a Puerto Libertador o Manzanillo como comandante de Puerto. Se consideró un hombre afortunado e iba tarareando el himno de la alegría de Beethoven.

"Eso sí", le advirtió De Windt al flaco y pálido Leschhorn , "en cuanto sepas que el jefe anda en su yate por ahí, escóndete, aunque tengas que abrir un hoyo en la tierra. No te olvides lo que dijo, que no quería verte más."

Cuentan que al salir de la cárcel, el hambriento Leschhorn decía: "Estoy flaco como un fuete; pero le baile la hija a Trujillo y bien bailada. Después de todo, ¡un gustazo un trancazo! ¡Y vale el trancazo", porque es linda, maravillosa".

En Manzanillo, el nuevo comandante estuvo muy melancólico comparando aquel medio con la actividad y el ajetreo capitalino. Para matar un poco la nostalgia, se entretenía pescando y sobretodo atento a cualquier excursión que Trujillo proyectara por esos lares. Por si acaso, se escondería en Dajabón. El tiempo pasó monótonamente y al cumplir el año de estar allí, el oficial Leschhorn recibió un telegrama de De Windt, llamándolo a la capital.

Creyó morirse de contento con la noticia y al amanecer del día siguiente, salió para Ciudad Trujillo. Al llegar le pareció que era la ciudad más bella del mundo y recorrió sus calles como el que ha estado un ciclo fuera de los suyos. De puro milagro no se tiró a besar el suelo capitales como muchos años después lo hizo el papa Paulo VI.

Pero su regocijo duró lo que duran las alegrías del pobre; asunto de segundos.

"Lo siento Leschhorn", le dijo compungido el contralmirante De Windt Lavandier cuando se encontró con él, "no desempaques tus pertenencias, ni te hagas muchas ilusiones con la capital y sus encantos".

El alto oficial de la Marina, acordándose de Hitchcock el famoso director de cine inglés que hacía películas norteamericanas de suspenso, tardó un poco para darle el golpe de gracia al sobresaltado Leschhorn.

"Alfredo", le dijo, ya entono familiar, "como el ojo acusador de Jehová persiguiendo al atormentado Caín, sobre ti pesan las palabras del Jefe , que como tú sabes, he evadido en cuanto a estado a mi alcance. Pero, tú no puedes quedarte en la capital. A partir de mañana estarás asignado a la base Naval de las Calderas. Tú la conoces. Es cerca de Baní y te aburrirás mucho menos que en Manzanillo". Y se despidieron primero con un apretón de manos, como amigos; luego, con un saludo militar, como marinos.

A pesar de todo, el apuesto oficial de la Marina que bailó con Angelita sin permiso de Trujillo, no pudo resistir mucho su nuevo destino y al cumplir el año, gracias a la intervención De Windt y otros amigos, logró conseguir pasaporte y visa para irse a Puerto Rico. Allí estuvo un tiempo bastante largo, pero el recuerdo de su tierra pudo más que todo y volvió, pero ya como un ciudadano civil cualquiera.

Hoy Leschhorn es, además, un feliz padre de familia, con su esposa María Ariza y sus hijos Edwin, Eric, Allan y Aldo, el mayor, conocido basquetbolista. Ahora no le gusta el baile, pero no olvida la época cuando era alférez de fragata de la Marina de Guerra Dominicana.

Texto: Manuel de Js. Javier García. Año 1985. Extraído de su libro " Mis 20 años en el Palacio Nacional junto a Trujillo"

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