CONSTRUCCIONES MEGALÍTICAS EUROPEAS – Arquitectura pétrea
Tomada de la Fuente .http://sabersiocupalugar.blogspot.com/2014/10/construcciones-megaliticas-europeas.htmlHace 6.000 años, algunas culturas prehistóricas que habitaban Europa comenzaron a erigir miles de monumentos construidos en piedra y de forma y tamaño variados. El oscuro origen y propósito de estas asombrosas y extrañas –y a veces inmensas- estructuras megalíticas las ha rodeado durante siglos de un halo de misterio y leyenda.
Las construcciones megalíticas –término griego que significa “gran piedra” y que fue acuñado por
primera
vez en una revista británica -Cyclops Christianus, a mediados del siglo
XIX- hacen referencia a un tipo de arquitectura, más o menos
monumental, realizada en piedra sin tallar y destinada a distintas
funciones, por lo general de carácter sagrado y funerario. Este tipo de
construcciones –que suelen aparecer agrupadas formando conjuntos y
también de forma aislada- surgieron a finales del Neolítico, aunque en
algunas zonas se desarrollaron durante la Edad de Bronce. Sus
emplazamientos se localizan en muchas partes del continente europeo,
sobre todo a lo largo del Mediterráneo y en los territorios e islas
adyacentes a la costa atlántica. La presencia del megalitismo es
especialmente notable en Córcega, Cerdeña, Malta, la Península Ibérica,
el oeste de Francia, Gran Bretaña, Irlanda, Dinamarca y el sur de
Escandinavia.
La
cuestión sobre su origen no ha sido todavía aclarada. Hasta mediados
del siglo XIX, aún se creía que habían sido construidos por las grandes
civilizaciones de la Antigüedad, siendo atribuidos a egipcios, griegos,
fenicios e, incluso, romanos. Más tarde, se consideraron como una
tradición exclusiva de los pueblos celtas y se indicó su supuesta
función como templos ceremoniales de los sacerdotes druidas: esta
hipótesis se apoyaba en la gran concentración de construcciones
megalíticas aparecidas en las zonas geográficas bajo su influencia y en
las numerosas historias que asociaban a sus mitos con estos monumentos.
Tiempo después –a mediados del siglo XX-, esta conexión fue descartada
al comprobarse, gracias a las modernas técnicas de datación, que la edad
de los megalitos era muy superior a la aparición de la cultura celta. En la actualidad, una de las ideas más aceptadas parte de las evidencias que señalan que el fenómeno
del
megalitismo –en relación con los ritos de enterramiento colectivo- ya
estaba presente en Palestina mucho antes del cuarto milenio. Esto ha
dado pie a considerar que el germen de estos monumentos pétreos surgió,
por tanto, en el Mediterráneo oriental y que desde allí se expandió
hacia el norte por causas desconocidas, tal vez llevados por oleadas
migratorias incentivadas por actividades pesqueras o por búsqueda de
metales, siendo estos mismos pueblos los que habrían difundido por
Europa el conocimiento de las técnicas agrícolas y de la ganadería.
Por
el contrario, otra hipótesis defiende que la difusión de la cultura
megalítica se hizo de oeste a este, es decir, en sentido inverso; esta
idea se basa en presupuestos cronológicos y aduce que los restos más
antiguos con características propiamente megalíticas son los conjuntos
de Gran Bretaña y Francia (h. 4000-3500 a. de C.), seguidos por los de
Irlanda, Escandinavia y Portugal (h.3500 a.de C.) y, por último, por los
del Mediterráneo (h. 3000-1200 a.de C.). También ha sido considerada la
posibilidad de que en realidad se trata de un fenómeno surgido en
varios lugares de forma simultánea. Definir su función y su significado es todavía más complejo e impreciso. La mayor parte de las construcciones megalíticas se halla asociada a enterramientos colectivos, lo que hace indiscutible su destino funerario o ceremonial. Por otro lado, su a veces precisa situación y orientación han servido para considerar a muchos de los mismos como un gran calendario astronómico.
Numerosos estudios han demostrado ciertas conexiones entre su colocación y su distribución y los
ciclos
lunares y solares, pudiéndose observar cómo, en ocasiones, los
megalitos señalan algunos puntos concretos del horizonte y marcan con
precisión la trayectoria de los cuerpos celestes. La razón de esta
extraña y compleja finalidad era, tal vez, obtener una tabla astronómica
que pudiera señalar con precisión los cambios estacionales, el flujo de
las mareas o, incluso, los eclipses. Es también posible que debido a
esta importante función, imprescindible entre otras razones para indicar
los vitales ciclos agrícolas, se convirtieran en centros sagrados y
ceremoniales destinados a ritos religiosos o adivinatorios, y que
estuviesen cargados de un fuerte simbolismo. De cualquier forma, en
razón de su tipología y ubicación, parecen haber tenido diferentes
finalidades. Es muy probable que algunos de ellos hayan servido como
puntos de demarcación territorial o comunal, o como indicadores de
fuentes y de cruces de caminos. En otros casos, su localización parece
haber sido determinada por cuestiones defensivas.
El
desconocimiento que en el pasado se tenía de estas extrañas
construcciones prehistóricas y de sus autores las ha dotado de un halo
sobrenatural, de superstición y de leyenda, siendo relacionadas durante
siglos con ritos mágicos o de brujería, con relatos mitológicos o con
fabulosos tesoros ocultos; a mediados del siglo XIX, numerosos
monumentos megalíticos fueron destruidos, dañados o expoliados
impunemente por buscadores ignorantes que creían que bajo ellos se
escondían montañas de oro. Muchas veces se han visto asociados a relatos
e historias populares sobre gigantes o demonios, seres a quienes se
atribuía su construcción; la causa de tales leyendas se debía al
misterio en el que todavía permanecen las técnicas de transporte e
ingeniería que fueron usadas para levantar algunos de estos monumentos;
dados su enorme tamaño y su complejidad estructural –y teniendo en
cuenta que las culturas que los erigieron desconocían la rueda, las
herramientas de metal y los animales de tiro-, el desplazamiento y la
disposición de los bloques de piedra debieron requerir un enorme
esfuerzo, casi sobrehumano. Pese a la gran cantidad de construcciones megalíticas, y al margen de que debido a su distanciamiento espacial y cronológico muestran múltiples diferencias locales y regionales, la mayoría ha podido ser sistematizada y agrupada bajo unas cuantas denominaciones comunes, dadas en función de su forma básica. Los dos grandes tipos son el menhir y el dolmen.
La
forma más simple es el menhir (del bretón men, “piedra”, e hir
“largo”), nombre con el que se denomina a los grandes monolitos de
piedra sin tallar que se hincaban en el terreno verticalmente. A pesar
de que en muchas ocasiones los menhires se encuentran colocados
aisladamente, su configuración más asombrosa surge cuando varios de
ellos aparecen en forma de conjuntos alineados, ya sea colocados en fila
o delimitando un espacio –que puede ser circular, elíptico o
rectangular; en este último caso, reciben el nombre de cromlech (del
bretón crum, “curva”, y lech, “piedra”) y parece ser que eran
importantes centros de reunión o de culto religioso y observatorios
astronómicos-. Las muestras más notables de menhires –en cuanto a número, dimensiones y distribución- están enclavadas en la Bretaña francesa y en Gran Bretaña. En dichos lugares, los menhires surgen habitualmente alineados, pudiendo presentarse formando filas cortas, como en Dartmoor (Inglaterra), o largas cadenas de varios kilómetros, y a veces paralelos, como en Ménec (Bretaña). Algunos menhires tienen un tamaño espectacular, llegando a pesar más de 300 toneladas y a superar los 10 metros de altura.
Los ejemplos más notables por su grandiosidad se encuentran en Bretaña. El inmenso menhir de
Men-er-Hroech,
o Gran Menhir Roto de Locmariaquer –así llamado por hallarse partido en
cinco trozos- pesaba 347 toneladas y debió sobrepasar los 20 metros de
altura. En la isla de Kerloas, se encuentra un monolito aislado de 12
metros, el de mayor altura que sigue en pie. Es precisamente en Bretaña donde se localiza la mayor concentración de menhires; los casi 3.000 distribuidos en los alrededores de Carnac se reúnen en un radio de apenas 30 kilómetros y están alineados en largas filas de más de 4.000 metros, como las de Kermario y Kerlescan. Según una antigua leyenda popular bretona, estas alineaciones de megalitos eran en realidad una legión de soldados romanos de los que huía San Cornelio, un misionero cristiano, que los petrificó para poder salvarse. Algunos de los mismos presentan grabados en la piedra extraños signos y decoraciones de tipo abstracto y simbología desconocida.
En
Gran Bretaña, se encuentran los cromlech más conocidos y
espectaculares, como los de Avebury y Stonehenge. En Avebury, un largo
corredor flanqueado con menhires conduce a un gran círculo –de más de
400 metros de diámetro- que, a su vez, contiene en su interior otros dos
de tamaño más pequeño. En Stonehenge, los menhires tienen forma de
paralelepípedos y se distribuyen en dos círculos concéntricos –el mayor,
de 32 metros de diámetro-, que se unen en su parte superior por grandes
bloques horizontales de piedra a modo de dinteles. En el centro del
conjunto, se encuentran cinco grupos de tres menhires –trilitos- que
alcanzan los 10 metros de altura. Stonehenge es, sin duda, el conjunto megalítico más famoso del mundo. Su construcción data del año
2200
a. de C. y, en la actualidad, se mantiene en pie parcialmente. Ubicado
en un bello y solitario paraje natural, se cree que pretendía ser el
marco ideal para practicar el culto solar, puesto que, en el solsticio
de verano, el astro se alza radiante justo sobre el eje del monumento.
Pero el mayor misterio en torno a Stonehenge se debe a la inexistencia
de piedras de semejante tamaño en una distancia inferior a 200 km del
lugar donde se erigió el conjunto. Se ha especulado que éstas fueran
trabajosamente transportadas desde Gales por medio de un sistema de
arrastre que consistía en desplazar los grandes bloques pétreos sobre
rodillos de madera ayudándose de correas y palancas.
La
forma de menhir es la base más habitual para la construcción de otras
estructuras megalíticas como el dolmen (del bretón dol, “mesa” y men,
“roca”). El dolmen es el monumento megalítico más difundido; por lo
general, está formado por un recinto de tamaño variado, delimitado por
dos o más soportes líticos –denominados ortostatos- que sostienen a una
gran piedra horizontal. Los dólmenes siempre obedecen a funciones
sepulcrales de carácter familiar o colectivo, por lo que, junto a los
restos óseos, se han encontrado diversos ajuares funerarios que han
proporcionado la información más abundante y variada sobre el modo de
vida y la cultura de sus constructores. La estructura dolménica más común, la de cámara simple, presenta una única estancia, cuyo tamaño puede ser a veces muy pequeño. En los dólmenes de corredor, el acceso a la cámara se realiza mediante un pasillo delimitado por piedras.
En ocasiones, los dólmenes adoptan estructuras más complejas ocultas bajo pilas artificiales de rocas
y
tierra que, a veces, eran reforzadas por círculos de piedra –o
peristalitos- y por trincheras. En este caso, reciben el nombre de
túmulos, un tipo de construcciones surgidas durante el Neolítico y la
primera Edad de Bronce. Los túmulos presentan diferentes configuraciones
y variantes. La más común y simple es el enterramiento alargado o tumba
de galería, que básicamente consistía en una estancia más o menos
larga, recta o en curva; las más complejas constan de una cámara
principal –de forma diversa-, que, en ocasiones, podía tener una o
varias antecámaras –o también estancias laterales- bien diferenciadas
del pasillo de acceso; son las llamadas tumbas de corredor. En Holanda,
las galerías megalíticas alcanzan los 20 metros de longitud y se conocen
como hunebedden, que significa “cama de los hunos” –por ser a éstos a
quienes en el pasado le fueron atribuidas-.
Todas
estas construcciones podían excavarse directamente en roca, pero lo más
habitual es que tanto sus paredes como sus cubiertas se construyeran a
base de planchas de piedra en estado natural –es decir, sin labrar-. A
veces las cámaras eran techadas con una falsa cúpula de mampostería,
recibiendo entonces el nombre de tholos; esta forma de construcción
funeraria, más perfeccionada y desvinculada del megalitismo, se siguió
utilizando en tiempos posteriores. El ejemplo característico de este
tipo de arquitectura megalítica lo constituyen las tumbas de Los
Millares y la Cueva del Romeral (Andalucía, España), la de Maes Howe
(Islas Orcadas, Escocia) y las necrópolis de Dowth, Knowth y Newgrange
(Irlanda). Newgrange es uno de los más antiguos y mejor conservados dólmenes tumulares. Fechado en torno al
tercer
milenio a. de C., está enclavado dentro del imponente conjunto del
Neolítico y de la Edad de Bronce de Brughna Boinne, cerca de Drogheda
(Irlanda). La entrada del dolmen está custodiada por doce grandes
piedras que formaban parte de un gran círculo que rodeada al túmulo. El
recinto interior consiste en un largo corredor de 19 metros que conduce a
una cámara cruciforme, de 6 metros de alto y techada con falsa cúpula.
El enorme túmulo que lo recubre mide 12 metros de altura y 93 metros de
diámetro y se calcula que para su construcción se necesitaron al menos
200.000 toneladas de piedra. Pero, al margen de su valor estructural y
arqueológico, el atractivo de Newgrange reside en un mágico fenómeno que
se repite todos los solsticios de invierno. En el amanecer del día más
corto del año, el primer rayo de sol penetra por una pequeña abertura
situada en la entrada, iluminando la estancia mortuoria. La arquitectura megalítica adoptó muchas peculiaridades zonales. La Isla de Malta conserva un buen número de construcciones relacionadas con las formas dolménicas antes mencionadas, como las de
Hal
Tarxien, unas curiosas estructuras megalíticas talladas en roca,
recubiertas de tierra y revestidas de piedra caliza endurecida. En el
sur de Escandinavia, Dinamarca y en las zonas adyacentes, se
desarrollaron a lo largo del tercer milenio los enterramientos
individuales llamados dysse, una especie de bloques apilados que
recogían pequeñas cámaras funerarias, no siendo hasta mediados del
segundo milenio cuando se generalizó el uso de formas de mayor tamaño y
las tumbas de corredor. Las estructuras dolménicas también aparecen a
cientos en las islas mediterráneas de Córcega, Cerdeña y Baleares. Las construcciones megalíticas son las primeras formas arquitectónicas de carácter monumental erigidas por el hombre. La magia y la leyenda que las rodea es un aliciente más para su estudio y su conservación y para seguir desentrañando el misterio sobre la vida de sus autores y las razones que los llevaron a levantarlas.

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